Globalización y Cultura ¿Es posible una relación pacífica?

La globalización por su propia definición recoge todos aquellos aspectos de que trata la cultura, todos los fenómenos sociales pero, ¿es posible una relación pacífica entre ambos conceptos o tal vez esa globalización acaba devorando el concepto cultura?



mercado tradicional, comercio chino, turismoLa cultura es el rasgo que identifica a cada comunidad humana, es como el gran templo que perdura por siglos. De una manera más elaborada, definimos la cultura como un conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo determinado. Es más, el término engloba modos de vida, ceremonias, arte, invenciones, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. Es tal el abanico que abarca el concepto cultura que es sin lugar a dudas el elemento a través del cual se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, cuestiona sus relaciones, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden y superan.

La globalización, por su parte, se refiere a una intensificación de un flujo cada vez mayor de las comunicaciones y el movimiento de gente, tecnología, dinero, bienes, imágenes e incluso ideas, sin entender de fronteras nacionales. Es como si vinculase a individuos, organizaciones, países y culturas, al tiempo que la interdependencia que resulta de esos vínculos fuese frecuentemente asimétrica, en su sentido más pleno. En sí la globalización queda definida en su totalidad como la expansión económica de un país altamente desarrollado englobando en su economía a un país menos desarrollado. Esta “fagocitación” lo que provoca es que en su conjunto la cultura de este país, así como la tecnología, la política y las comunicaciones se vean grandemente influenciadas por las características del país más altamente desarrollado; no hay que olvidar que la cultura es un fenómeno que afecta al individuo que está en contacto con el ambiente o medio en que se desarrolla. Por tanto, la aculturación desarrollada o percibida por la globalización puede modificar la identidad de una comunidad humana puesto que afecta a los diferentes elementos que engloba la cultura.

Pongamos un ejemplo histórico que a día de hoy aún genera ciertas polémicas. La conquista de América, fenómeno ligado al desarrollo de las fuerzas productivas en la Europa de los siglos XV y XVI, pone de manifiesto un estado de internacionalización de procesos económicos y políticos y, a su vez, los aspectos culturales aparecen acompañados de manera manifiesta de los procesos políticos, económicos y militares. La conquista trasciende, por ejemplo en México, no tanto por el desplazamiento de la clase dominante indígena tras la derrota militar, cosa que ya había ocurrido anteriormente, sino por la radical imposición de la otredad, o lo que es lo mismo, reconocer la existencia de un “otro”. Claro que esto incluye la otredad económica y tecnológica, pero lo que constituyó la transformación más radical, la verdadera ruptura, fue el ingreso y la implantación de la otredad cultural: una nueva manera de concebir y significar el mundo, de procesar el tiempo y el espacio, los valores y los alimentos, las relaciones humanas y las relaciones con los dioses.

Este ejemplo que os pongo también nos sirve para entender que el proceso de globalización no es nuevo sino ya antiguo, aunque lo nuevo sea llamarlo globalización y no mundialización o internacionalización, términos afines que otros historiadores han aplicado en otros momentos. Acepto una idea que ya me comentaron en una ocasión al diferenciar los conceptos en relación a lo acelerado de los cambios tecnológicos. El cambio en cuanto a la cantidad y velocidad genera un cambio en la calidad de los fenómenos. En el plano de las comunicaciones y transportes, para ejemplificar con un caso concreto, no podemos comparar un sistema mundial cuyas comunicaciones dependían de que llegase un galeón a puerto con las cartas, con los procesos de mundialización actuales, caracterizados por tremendos avances tecnológicos, con portátiles, tablets, smartphones, google o Netflix. En el primer caso, un intercambio de mensajes entre un colono español en el Nuevo Mundo y su familia en España podría demorar a más de un año; en el segundo, la comunicación es instantánea, en tiempo real, de una punto del planeta a otra punta.

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No obstante, para que las nuevas tecnologías puedan funcionar, se precisa compartir no solamente competencias informáticas, se requiere previamente, y sobre todo, compartir redes significativas, códigos, valores, atribuciones de sentido, o sea, fenómenos de la esfera de lo cultural que hagan posible la comunicación entre actores diseminados en el mundo.

Al final lo que nos encontramos es con un nuevo concepto que se hace hueco entre la globalización y la cultura: el consumo. El consumo avanza sobre la cultura, más aún, se inserta en ella. Cada nuevo producto, también producto cultural, coloniza un espacio semiológico, de los sistemas de comunicación dentro de las sociedades humanas, se legitima en un mundo de sentidos y de signos, arraiga en las percepciones de la cultura de la comunidad. Un ejemplo, tal vez poco entendido por muchos, pero a quién se le escapa los términos “influencer”, “youtuber”,  “whasapear”... términos todos creados no de la nada, sino de una asimilación de nuevos gustos, velocidades y valores, abriéndose camino, no sólo en un contexto social, también en un antiguo espacio cultural cargado de sus propias tradiciones estéticas y comunicativas.

Estas nuevas asimilaciones marcan una desterritorización, una palabra que leí hace ya un tiempo para referirse a la uniformización de los consumos. No se debe escapar que todo este proceso que no sólo una porción significativa de los bienes que se consumen son producidos que proceden de fuera de cada nación, con las consecuencias culturales implicadas en esta homogeneización de los productos, sino que también los mensajes que se consumen son en buena medida elaborados fuera del país. A pesar de esto que parece una sangría identitaria, hay que reconocer que los responsables de marketing de las grandes firmas suelen adaptar el mensaje a los valores aún existentes en las diferentes comunidades, aunque el fin último sea el consumo de un producto.

En general, no podemos hablar de una crisis de la identidad social y una desaparición de la cultura local, pero sí matizar una realidad visible. La identidad social es un concepto que tiene un fuerte matiz relacional, se actualiza y se refuerza en el contacto, en la comunicación, en el intercambio con lo otro, con lo diferente. Entra en acción cuando los códigos propios encuentran su límite en el intento de comunicación. En tal sentido, si bien las identidades pueden ser sigilosamente sometidas a un proceso de uniformización a través de la oferta universal de los mismos productos y los mismos mensajes, también se genera un movimiento contrario, una reacción afirmativa de la identidad local, vinculada con la mayor exposición a nuevos contactos, resaltando otros valores universales como son la tolerancia, el NO al racismo y la xenofobia o la solidaridad entre pueblos y culturas. Por todo ello, no es de extrañar que en las ciudades modernas coexistan las manifestaciones locales con la aparición de nuevas estructuras arquitectónicas, financieras o turísticas, donde el discurso autóctono se entremezcla con aquel de la uniformidad y la universalidad. Es ahí donde los productos turísticos e interpretativos adquieren una mayor dimensión, pues se apropian de los recursos locales, historia, arte, cocina, etc., para exponerlos dentro de los cánones del turismo internacional, gustos, formas o exigencias.

En definitiva, la globalización es un fenómeno que se experimenta en todo el mundo. Hay malestares e inconformidades tanto en los países pobres como en los ricos. La famosa “competencia internacional” resulta cara, aumenta la inequidad y genera problemas sociales. Pero no por ello debe considerarse definitivamente negativo. Es necesario crear normas que no debiliten la autonomía de los estados. También es conveniente formar una ética universal a la que se sometan los mercados mundiales. Tenemos que aprovechar al máximo las ventajas que proporciona la globalización cultural, que acerca a los pueblos y los enriquece, y representa una gran oportunidad para elevar el nivel de vida de las comunidades, y combatir la llamada globalización financiera que hasta el día de hoy se rige sin normas y que responde a intereses particulares y atenta contra la economía de las naciones y de vastas regiones del mundo.

Los nuevos medios de comunicación e interacción interpersonal abren un espectro de posibilidades de los que debemos ser capaces de exprimir todas sus posibilidades, ya que de lo contrario, la relación pacífica entre el fenómeno de la globalización y la cultura acabará siendo un despiadado festín en el que solo unos pocos degustarán y la mayoría quedará con hambre.


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